De lo superficial a lo espiritual (la historia de alguien que dio de mamar)

Texto publicado en http://unaviejacostumbre.blogspot.com/2011/11/asi-baje-12-kilos.html el 6 de noviembre del 2011 y actualizado en el 2015.

La panza del embarazo es un imán para historias sobre la maternidad, sobre todo cuando se es tan joven, como yo. Durante nueve meses, muchas mujeres compartieron conmigo su sabiduría de madres. Sus experiencias me fascinaron y me reconfortaron, pero al mismo tiempo, me confundieron: las vivencias iban de lo más poético a lo más traumático. ¿Qué me tocaría a mí? Mi panza-imán y mis inquietudes –en todas sus variantes: desde las más superficiales a las más espirituales– crecieron a la par.

En el extremo superficial de mis preocupaciones estaba el devenir de mi cuerpo. Había escuchado historias de mujeres que habían subido cuarenta kilos durante el embarazo y que nunca los habían bajado, de gente que nunca había recuperado la curvatura de su cintura…  Ya me veía yo teniendo que privarme de ciertas comidas, o peor, teniendo que hacer ejercicio físico. Esta preocupación fue la primera en desaparecer cuando nació Guillermo.

Con el bebé en brazo, entendí que la alimentación que importaba a partir de ese momento era la del nuevo ser (la mía, sólo en tanto que no perjudicara la suya). Si bien cada mujer con la que conversé tenía una opinión diferente sobre el uso del chupete, una manera distinta de bañar al bebé y una creencia aparte sobre los poderes mágicos del cordón umbilical; en el tema de la alimentación todas estaban de acuerdo: el mejor alimento para el bebé es la leche materna.

El doloroso principio

Así, por sugerencia de varios artículos y madres, luego de mi cesárea, les pedí a las enfermeras que le mantuvieran a Guille a mi lado, para alimentarle cuando lo necesitase, y que evitaran darle leche de fórmula. Mi convicción de que dar de mamar era lo mejor para el bebé fue fuerte hasta que intenté hacerlo. Nadie me había dicho que amamantar podía ser doloroso y frustrante; tanto, que de a ratos, pensaba que la leche de fórmula no debía ser tan mala después de todo y que tal vez habría sido la mejor opción… Pero no, si la leche materna era tan importante y si tantas mujeres y bebés lo hacían con aparente facilidad, valía la pena intentarlo un poco más. Tenía que ser una cuestión de práctica. Llegarían tiempos mejores.

Gordo, él. Flaca, yo

Felizmente, al cabo de dos semanas, Guillermo había agudizado sus sentidos y los festines se habían vuelto menos difíciles. A mí ya me habían pasado los dolores de la cirugía y había vivido un gran acontecimiento: mi ropa “normal” me entraba, y lo mejor de todo, no había hecho dietas ni ejercicio. Esto era obra y milagro de la naturaleza… los beneficios del amamantamiento se estaban volviendo perceptibles. No sólo volvía yo a mi forma normal, sino también Guille engordaba saludablemente. Y así, al cabo de un mes, mi hijo y yo habíamos establecido una relación óptima para la lactancia… y yo comenzaba a conocer las múltiples ventajas de dar de mamar.

Nada más práctico

Una de las primeras virtudes que le encontré a la leche materna fue la practicidad. Toda madre sabe el esfuerzo que significa preparar leche de fórmula: pues no se trata sólo de mezclar el polvo con el agua, sino de esterilizar biberones, entibiar el líquido, desechar el excedente… y ni hablar de lo incómodo que puede ser acarrear los ingredientes y los envases de la leche en polvo de aquí para allá. La leche materna está siempre disponible, lista para beber, directamente del envase y con la temperatura adecuada. Nada se le iguala en practicidad.

Leche personalizada

Con los meses también pude comprobar que los bebés amamantados casi nunca sufren de cólicos, de constipación o diarrea. Esto a su vez evita en buena medida el sarpullido causado por el pañal y la ingesta de medicamentos. Según dicen, esta virtud se debe a que la leche materna tiene todos los nutrientes que el lactante necesita y a que, además, el cuerpo de cada madre produce una leche que se ajusta a las necesidades específicas de su bebé. Esta prevención de cólicos, constipación y diarrea es una cualidad de la leche materna visible a corto plazo, pero también se ha comprobado que el bebé lactante es mucho menos propenso a desarrollar alergias y que adquiere anticuerpos que le protegen durante toda su vida.

El planeta, agradecido

También es reconfortante saber que cuando damos de mamar, contribuimos en el cuidado del medio ambiente. Son varios los impactos positivos del dar de mamar. Algunos de ellos son la reducción de basura (pues no se desechan envases) y la disminución de la emisión de dióxido de carbono (la que genera la producción de leche de fórmula). Que el mundo entero nos agradezca lo que hacemos puede ser verdaderamente gratificante.

En el mundo material

Por último, no puedo dejar de mencionar que otra de las grandes ventajas que tiene la leche materna sobre la leche de fórmula es su gratuidad. Cuando escucho cuánto gastan algunos padres en leche (sin sumarle el costo de medicamentos comprados para solucionar los problemas ocasionados por el consumo de leche de fórmula) me doy cuenta de que la lactancia beneficia la salud del bebé y de la mamá, el medio ambiente y también el bolsillo.

Hoy Guillermo tiene siete años (¡y comparto con las panzas nuestra historia!). A veces, cuando le miro, me acuerdo de cómo pasó de apenas levantar la cabeza a permanecer sentado mientras jugaba con un sonajero. Durante sus primeros seis meses de vida, mientras él se alimentaba exclusivamente con leche materna, yo disfrutaba de todo lo que se pudiera comer; pues sabía que la grasa extra que ingería, mi cuerpo la usaría en la producción de leche. Así también, además de la felicidad que me daba la libertad glotona, experimenté una sensación de satisfacción emocional como nunca antes. Toda la inseguridad que me había podido generar la inexperiencia en asuntos de maternidad pronto se desvanecieron, puesto que comencé a percatarme de que yo –y solo yo– era la responsable del crecimiento sano de mi bebé. Hasta ahora, no dejo de sorprenderme de la manera en que la naturaleza logra acomodar lo físico y lo emocional luego del nacimiento de un nuevo ser: es un mecanismo perfecto, del que somos parte.

Di de mamar un año… y conocí todos los beneficios de hacerlo. Así recuperé mi forma física. Así ahorré tiempo y dinero. Así disfruté de la salud de mi hijo. Así protegí el medio ambiente. Así experimenté, en mi propio cuerpo, la sabiduría de la naturaleza.

 

 

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