Sobre nombres

Nunca me gustó mi nombre. Josefina no se llamaba nadie, solo las abuelas en los cuentos y la esposa de Napoleón. Sí, también estaba Josefina Pla, pero a ella, por su edad, el nombre le sentaba bien. Yo, sin embargo, era la única nena con ese nombre anticuado… y era el único que tenía. Todo el mundo contaba por lo menos con dos, salvo yo. Qué gusto poder elegir: “No, llamame por mi segundo nombre: Valeria”, o algo así. Para colmo, en cada encuentro en el que había un grupo musical, tenía que aguantar que me cantaran Josefina, a pedido de mi mamá, que aprovechaba la ocasión para contar, una vez más, que por esa polka me había puesto ese nombre. Cada vez que escuchaba “y eeese tu bello lunar que tienes en la mejilla que es una maravilla” quería que me tragara la tierra, porque sentía que todos los presentes inspeccionaban mi cara. Si era por una canción, yo hubiera querido llamarme como una de los Beatles: Michelle o Julia, por ejemplo. Pero el día que tuve que darle un nombre a otro ser humano, mi actitud hacia mi nombre cambió.

Cuando nació mi hijo me di cuenta de que en las pocas sílabas de un nombre cabe toda la ilusión de una madre. Entendí que en la tormenta de emociones que trae la maternidad, mi mamá había elegido llamarme Josefina con mucha seguridad en sí misma y en el futuro que me daría. Si bien de chica fantaseé con la idea de llamarme distinto, hoy no podría imaginarme con otro nombre. Además, de este surgieron mis apodos. Soy Josefina, pero también respondo a Fefa y a Jose. A veces, en Albuquerque, soy Yousefina. Hasta me apodaron Nosefija, y el anagrama me pareció tan inteligente (soy distraída: Josefina Nosefija) que me casé con su autor. Ocasionalmente, la gente me llama Profe, Señora o Señorita; y mi hijo me dice Mami. ¿Tantos nombres para una misma persona? Sí, pero no todos implican lo mismo. Que me digan Fefa es muy distinto a que me digan Josefina. Que me llamen Mami no es igual a que me llamen Profe. Y no me pasa solo a mí, claro. Así vivimos la mayoría: con múltiples nombres.

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Quino

Como seres humanos, además de darnos nombres entre individuos también nos nombramos entre grupos. Y así como un individuo cuenta con varios nombres, los grupos de personas también. Por ejemplo, a quienes practican la medicina podemos llamarlos médicos pero también matasanos. Ahora bien, a diferencia de los individuos, los grupos no reciben su nombre de un familiar con ilusiones. Por el contrario, a muchas comunidades se las conoce por el mote que les otorgan los grupos que las oprimen. En parte de América del Norte, el hombre blanco se refirió a los nativos como pieles rojas, nombre que –naturalmente– nunca había sido (ni lo es) utilizado por las comunidades indígenas para referirse a sí mismas. En otros casos, los nombres de las comunidades oprimidas no nacieron con una carga negativa, pero la fueron adquiriendo. Hasta hoy, los alemanes no utilizan la palabra judío para referirse a los practicantes del judaísmo, porque hacerlo es evocar el genocidio. Así como algunos nombres están cargados de ilusión, otros lo están de odio y desprecio. Y, repito, tanto las personas como las comunidades pueden tener nombres que despierten emociones positivas o negativas.

Lógicamente, qué sentimientos surjan dependerá no sólo de qué se diga sino también quién lo diga y en qué contexto. Para ilustrar este argumento, supongamos que en primaria había un compañero que me molestaba. Este niño se burlaba de mí y, mientras todos mis amigos me llamaban Jose, él me llamaba Fini. Este apodo, Fini, no tiene intrínsecamente nada de malo. A muchas Josefina se les dice así, pero en mi caso, si mi historia fuera cierta, este apodo me llevaría a un lugar incómodo y triste. Quien conociera este pasado, sólo me llamaría Fini con el fin de lastimarme. Ciertos nombres tienen el poder de trasladarnos a pasados hirientes, sobre todo cuando ciertas personas los pronuncien. Claro está que tanto individuos como comunidades pueden luchar contra la negatividad de un mote al usarlo de manera positiva. Esto sucedió con la palabra queer, que en el mundo angloparlante se utilizaba para insultar a los homosexuales y a la que, hoy en día, la comunidad LGBTQ le ha sacado el peso despectivo. Sin embargo, otras comunidades rechazan fuertemente el uso de denominaciones con pasados negativos, tal es el caso de “la palabra con N” (“the N-word”), referida a los afroamericanos en Estados Unidos. Se considera extremadamente ofensivo utilizar esta palabra sin ser miembro de dicha comunidad.

La complejidad del lenguaje puede ser abrumadora, pero nacimos con la capacidad de dominarla. Llamarle a alguien por el nombre que le guste no exige ningún esfuerzo sobrehumano, sólo un poco de amabilidad. Ciertamente, habrá quienes se hagan incógnitas válidas como la siguiente: “Si antes se usaba comúnmente el nombre tal, ¿por qué ahora ya no lo puedo usar?” La respuesta es sencilla: el cambio de nombre, muchas veces, es el símbolo de una conquista social: la obtención de los derechos que le habían sido injustamente vedados a una comunidad. Otros podrían objetar que usar un palabra u otra no lo hace a uno racista, xenofóbico u homofóbico. Con esto estoy de acuerdo. Por un lado, hay gente racista que esconde muy bien su racismo, por ejemplo. Por otro lado, conozco personas que están a favor del matrimonio igualitario y de los derechos de la comunidad LGBTQ que utilizan con frecuencia la palabra “marica” o “maricón” para insultar a otra gente. El primer grupo de gente, los hipócritas, a la larga se delatan solos, así que no me preocupan. Sin embargo, el segundo grupo, quienes utilizan nombres de ciertos grupos para insultar a otros, es algo perturbador. Si bien usar palabras con carga negativa no le hace a nadie anti-alguien necesariamente, decirlas permite que el desprecio contra un grupo impregnado en unas sílabas se esparza, se contagie… muchas veces, a pesar de que el interlocutor no haya tenido tal intención.

Con tanta gente, tantos grupos y tantos nombres, ¿cómo se hace para saber cómo dirigirse amistosamente a cada uno? Creo que, a pesar de que la comunicación humana es compleja, tenemos la intuición para decidir qué decir y cuándo. Si uno no sabe cómo llamar a otra persona, se puede preguntar. En cuanto a los grupos de gente, si bien cada caso es especial, creo que hay una forma fácil de saber si el nombre que usamos para referirnos a los demás es agresivo o no. Este mecanismo lo aprendí al ver una entrevista que le hicieron a un escritor nativoamericano, Sherman Alexie, sobre el uso de la denominación piel roja. Él dijo: “la cuestión es muy simple: si no puedes decirlo en mi cara, no lo digas… y creo que nadie se animaría a ir a una reunión tribal y saludar con un Buen día, Pieles Rojas”. Pienso que a esto se puede agregar que insultar a otra persona utilizando mi nombre o el de mi comunidad también es hiriente. En América del Sur tenemos la maldita costumbre de decirle “qué indio” a la persona mal educada. Habiendo adjetivos de sobra para insultar, usar el nombre (tanto positivo como negativo) de alguien para despreciar a otro es agredir a quien responda a dicha denominación.

Así como yo aprendí a apreciar mi nombre, hay quienes nunca lo hacen y deciden cambiarlo. Así como yo tengo apodos con los que me llaman solo mis familiares, hay comunidades que no permiten que otros grupos las llamen de cierta manera. También, usar el nombre de alguien como sinónimo de una cualidad negativa sólo puede fomentar la discordia. En todos estos casos, creo que debemos respetar la decisión de la persona o de la comunidad de hacerse llamar de tal manera por tal persona. Hacerlo puede iniciar nada menos que una relación de cordialidad y tolerancia. Y en lo que a mí respecta… sí, Josefina o Jose están bien.

2 Comments

  1. Muy buena lectura…yo odiaban que me digan Anita porque me hacía sentir siempre chica…que me digan así los compañeros de mis hermanos me hacía sentir que nunca iba a crecer jajaja y yo quería ser grande…que me digan Ana Rodas odiaba porque sentía q me retaban…y siempre me gustaron los apodos y siempre quise ser negra jajaja así que yo misma creo que pedí que me digan negra jajaja Nose porque puse anita a mi marca comercial, supongo que me gustaba por la cercanía que me dan con las personas…no quería que deje de sonar familiar así como siento que es mi trabajo…en fin…me quede pensando.
    Disfrute cada palabra.
    A seguir escribiendo!.beso

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  2. Hola Jose!!! Lo leí de principio a fin…y me siento más que identificado. En casa y con amigos muy cercanos soy Koky, en el colegio me llamaban Prupri, en el IFD Pruden y entre otros amigos Pulechichi…y la verdad que cuesta cuando no aceptas el nombre, que en mi caso, escogido por mi mamá en honor a mi abuelo, que se llama Prudencio.
    Recuerdo que en una ocasión pedí a mis amigos que me llamen Israel, que es mi segundo nombre, porque Koky me parecía muy “informal” y como yo ya era todo un licenciado je je je…era muy tonto que me digan Lic. KOKY ja ja ja ja…tonterías mías…en fin, con cada quien siento que al llamarme de una u otra forma hay un lazo que nos une y nos conecta en una amistad tan linda!
    Así que esto de poner nombres es medio complicado…porque cuando somos bebés no nos dan a elegir…
    Abrazos!

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