En casa de herrera, cuchillo de palo

Muchas veces toqué la cuestión de roles de género con mis alumnos adolescentes, no sólo porque yo tenía un interés especial en el asunto, sino también porque me parecía que era un tema accesible para chicos que cursaban los últimos años del colegio. Yo creía que un debate sobre la igualdad de género no podía ser tan agitado, sobre todo con las nuevas generaciones, que tendrían una actitud más abierta. Fui sumamente tonta, pero —por fortuna— mis estudiantes me dieron una lección de realidad y caí en la cuenta de que había vivido en una burbuja. 

Si bien la vida ya venía pinchándome las pompas de jabón, fueron las posturas ante el tema de varios estudiantes, al menos diez años menores que yo, las que me hicieron entender que el problema de desigualdad de género era serio. En una oportunidad, por ejemplo, hablamos de las mujeres y el trabajo, a partir de un texto que habíamos leído. Al principio, todos estaban de acuerdo en que las mujeres podían y debían trabajar si lo quisieran. Fácil, no había discusión en ese punto. Pero cuando les pregunté, específicamente a los varones, si les molestaría que sus esposas ganaran mejor que ellos, la reacción fue unánime: “No, eso no. No se puede permitir”. 

Años más tarde, ya consciente del pensamiento de ciertos jóvenes, les presenté el debate a otros grupos de alumnos, también adolescentes. Las opiniones en relación al tema no variaban: “las mujeres sí pueden trabajar, pero…” Y este pero, a veces sólo leíble entre líneas, siempre venía disfrazado de consideración o respeto hacia las diferencias. “La mujer tiene que trabajar para ayudar al hombre” (pero no puede ser el sustento económico con mayor peso en la familia). “La mujer tiene que trabajar, pero sólo medio tiempo, para poder ocuparse también de que la casa esté linda, porque la mujer tiene un don innato para la decoración”. En mi relativamente corto tiempo como profesora, escuché miles de apreciaciones como esas. Y lo más triste para mí era que ese tipo de comentarios venía tanto de varones como de mujeres. Nadie parecía darse cuenta de que perpetuar estereotipos, aun positivos, era perjudicial para todos los seres humanos, de cualquier género.

Si una generación menor que la mía sigue pensando que las mujeres sólo pueden hacer cierto tipo de trabajo, por cierto tiempo y por cierta remuneración económica, ¿qué es lo que nos espera? Lamentablemente, la pregunta trasciende las fronteras. Hace poco vi la publicidad de una campaña en Estados Unidos llamada Ban bossy (Elimina el “mandona”), que alienta a la gente a eliminar la palabra “mandona” del vocabulario. ¿Por qué? Porque cuando intentan liderar algún tipo de actividad en su comunidad, a las niñas se las trata de “mandonas” mientras que a los niños se los califica de líderes. Una sola palabra hace el daño, el mensaje es más que claro. 

Hace unos meses recibí otro baldazo de agua realista. En el colegio, a mi hijo le pidieron que inventara un cuento sobre elefantes. En su sencilla pero elocuente redacción, escribió una historia en la que un bebé elefante le pregunta a su mamá por qué su papá no estaba en la casa, a lo que la mamá le contesta que porque tiene que trabajar. Mientras el bebé elefante juega con su hermano, la mamá elefante prepara la comida. Luego, llega el papá, quien dice “vamos a almorzar” y todos comen felices. ¿De dónde sacó esa idea de grupo familiar? De todas las familias que conoce, pocas siguen el esquema que describe en su cuento. Y, entonces, una vez más me di cuenta de que el poder de los estereotipos es tal que se infiltra hasta en las casas desde las que se lucha contra ellos.

Las batallas por la igualdad de género no están ganadas y la desigualdad seguirá vigente por muchas generaciones. Sin embargo, en este mundo abrumador, sólo nos queda hacer el bien con optimismo. Las injusticias nos deben impulsar a todas las herreras (y, claro está, también a los herreros) a labrar cuchillos de hierro —y no de palo—, con los que se siga construyendo una sociedad más justa. 

*** 

Cuando publiqué por primera vez este texto (en el 2014), el programa me subrayó en rojo la palabra herrera. En el diccionario leí las siguientes definiciones:

herrera. f. coloq. Mujer del herrero.

herrero. 1. m. Hombre que tiene por oficio labrar el hierro.

Hoy, las definiciones son otras, felizmente: http://dle.rae.es/?id=KFRHpa0

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