El mínimo, lo justo

Son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse y, además de hacer todas las tareas de la casa, las empleadas domésticas sin retiro están pendientes del llamado de sus patrones la mayor parte del día. Que alguien más haga la cama, lave la ropa y cocine es lo común en muchas casas paraguayas. Este servicio es un lujo de hotel de cinco estrellas, y a los paraguayos nos cuesta, por ley, sólo el 60% de un salario mínimo. Sin embargo, la experiencia y Montesquieu nos dicen que “una cosa no es justa por el hecho de ser ley”.

“Les damos comida y techo, con eso se compensa el 40% del salario mínimo faltante”, suele ser la excusa —ahora hecha ley— para pagarle a una persona, casi siempre una mujer, menos del sueldo mínimo. ¿Pero acaso las personas trabajadoras no esperamos recibir una remuneración que nos permita, mínimamente, comprar comida y pagar un techo? Con un salario menor al mínimo, las empleadas domésticas no pueden cubrir estas necesidad básicas, lo cual genera una relación de dependencia enfermiza con los jefes: Si renuncian a su trabajo, también renuncian a un refugio y a su alimentación de todos los días. Con este grado de dependencia, ¿puede alguien siquiera soñar con tener la libertad de elegir qué comer y cuándo y dónde vivir y con quién?

“La empleadas tienen que agradecer que tienen trabajo y que se les trata bien”, suelen decir algunos. En cualquier situación laboral, sin embargo, uno puede estar agradecido sin que este agradecimiento perjudique el bolsillo: El respeto del empleador al empleado no tiene por qué tener valor monetario, pues es lo mínimo que se espera de un ser humano. Así también, si seguimos pensando que el nivel de desempleo y la pobreza en el país justifican un salario menor al mínimo, ¿cómo se aminorará la desigualdad? Dirán algunos que sacarle ventaja a la carencia de los otros es la historia de la humanidad, y que la idea de un mundo justo es utópica. Hay, sin embargo, batallas ganadas en el derecho laboral, que han mejorado la vida de millones de personas. Así, cabe preguntarse cuántas vidas mejorarán si las empleadas domésticas recibieran una remuneración justa.

Por supuesto, no es mi intención condenar a quienes contratan a mujeres de escasos recursos para hacer los quehaceres de la casa y cuidar a los niños. La simplificación “las ricas son las malas; las pobres, las buenas” sirve como trama de telenovela pero no como solución a un problema social. Sé, por experiencia, que las madres estudiantes y con compromisos laborales fuera de la casa realizamos nuestras actividades —me animo a generalizar— con la convicción de que es lo mejor que podemos hacer por nuestras familias. Muchas veces, nos convencemos de que la única manera de lograr nuestros propósitos es contratando a alguien que cuide a nuestros hijos en nuestras casas. ¿Cuántos lugares de trabajo o universidades cuentan con guarderías? ¿Cuántas mujeres tienen parejas u otros familiares que puedan quedarse en la casa mientras ellas están afuera? En esta situación de desesperación —que sufren casi siempre las mujeres y no los hombres— es difícil no caer en la tentación de hacer lo que es costumbre. Creo, sin embargo, que para ser justas hay que dejar a un lado nuestra situación personal y admitir que exigirle a una mujer que viva en nuestra casa y se encargue de ella, pagándole un sueldo menor al mínimo, es privarle de aquello a lo que nosotras no queremos renunciar: la familia, la oportunidad de estudiar y la posibilidad de tener una vida mejor.

En honor a la equidad y la justicia, ¿no deberían las empleadas domésticas acceder a un sueldo mínimo por un trabajo de cuarenta y ocho horas semanales? Algunos dirán que no y argumentarán que ellas quieren trabajar a como dé lugar, que no les importa ganar poco, y que son ellas quienes renuncian a sus derechos. Otros mencionarán los dos o tres casos con finales felices que conocen: “Ella en la casa de Fulano pudo estudiar”, “Ella con su trabajo le hizo salir adelante a su hijo”. Así, mucha gente se convence de que todo lo logrado por estas mujeres se debe más a la caridad de sus jefes que al potencial que hay en ellas. Sin embargo, si aun con tan poco, estas mujeres pueden salir adelante, imaginemos cuán lejos llegarían si recibieran una remuneración justa. Le debemos a la sociedad la oportunidad de descubrirlo.

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