El otro acuerdo de París: el nuestro

[Ilustración de Pete Fallon. Gracias, Tai, por el dato] 

La mala noticia: El presidente del país más contaminante del mundo acaba de anunciar la retirada del Acuerdo de París, un compromiso global por detener los impactos del cambio climático. La buena noticia: Donald Trump no tiene el poder para impedir que cada familia comience o siga poniendo en práctica los hábitos que ayudan a disminuir el daño al medioambiente: los que conforman nuestro propio acuerdo de París. Por supuesto, la mala noticia es absolutamente desconcertante, porque sabemos que la manera más efectiva de lograr un cambio ambiental positivo es uniendo esfuerzos entre el gobierno y los ciudadanos. Sin embargo, ante la ausencia de un estado comprometido, la buena noticia nos puede servir como impulso para seguir adelante en nuestro esfuerzo por vivir en una ciudad, un país y un planeta más respetuosos con la naturaleza. Desde Paraguay, podemos ser parte de la búsqueda de la solución a un problema que afecta al mundo entero. Un buen lugar donde comenzar podría ser el reconocimiento de algunas costumbres ecológicas que los paraguayos ya ponemos en práctica. Reconocerlas nos permitirá conservarlas y nos ayudará a ir aun más lejos en la conservación del medioambiente.

Rechazar lo innecesario. La basura que producimos tiene un impacto negativo en el clima del planeta. Para contrarrestrarlo, sabemos que debemos practicar las tres R: reducir, reutilizar y reciclar, y que tenemos que hacerlo en ese orden. Por economía, la mayoría de los paraguayos ya tenemos incorporados estos hábitos. Por ejemplo, me atrevo a especular que los paraguayos promedio estamos mucho más acostumbrados a rechazar lo que no nos es verdaderamente necesario que los ciudadanos promedio de países desarrollados. Esta actitud de rechazo a lo innecesario, además de beneficiar nuestro bolsillo, evita que acumulemos objetos que, casi inevitablemente, terminan en la basura.

Producir lo que comemos. Creo que todas las casas paraguayas que conozco tienen árboles frutales. Como dueños de casa, ofrecemos orgullosos las mandarinas de nuestra cosecha o el jugo de limón que hicimos gracias al limonero del patio. Fui la envidia de una amiga extranjera cuando le conté que en la casa de mi abuela comíamos aguacate todos los días, porque había un árbol que los producía en abundancia. Esta misma amiga no podía entender por qué nadie comía los mangos que cubrían el patio de nuestro lugar de trabajo en Asunción. Consumir nuestros propios alimentos no es solo lo mejor para nuestro bolsillo, sino también para nuestra salud y el medioambiente. Haciendo nuestro propio jugo, por ejemplo, evitamos la emisión de gases del transporte de la fruta y prevenimos que un envase de plástico vaya al basurero.

Elegir el envase grande o comprar a granel. La experiencia nos dice que generalmente más envase significa más costo. Comprar una botella de yogur de un litro es más barato que comprar cinco botellitas de 200 ml del mismo yogur. La elección del envase más grande también es mejor para el medio que nos rodea, no sólo porque la botella de un litro genera menos basura, sino también porque en su producción se utilizó menos energía y menos material que en la de las cinco botellitas chicas. También conocemos el beneficio económico de comprar a granel que, si utilizamos nuestras propias bolsas, es un hábito que favorece al ambiente.

Usar bolsos de tela y nuestros propios contenedores. La generación de mi abuela se debe acordar del tiempo en que todas las compras se hacían con las bolsas de tela o los contenedores que había en la casa. Si bien esta práctica todavía existe en algunas familias, se ha ido perdiendo con la proliferación de supermercados y bolsas de polietileno (o hule). En un intento por reducir la contaminación generada por estas bolsas, el gobierno ha impulsado una ley para que los supermercados ofrezcan otras opciones de envase. Sin embargo, todavía no se han prohibido estas bolsas de plástico, medida a la que se ha llegado en otros países. Puesto que ya lo hemos hecho en el pasado, no es necesario esperar la prohibición para evitar usar estas bolsas. Tendremos que seguir diciendo “No, gracias, no necesito bolsas” o “sin bolsa, por favor” hasta que los negocios dejen de usarlas.

Llevar el termo a cuestas. La costumbre de llevar el tereré o mate a todas partes evita, muchas veces, que compremos agua u otras bebidas en botellas de plástico. Estas botellas tardan mil años en biodegradarse y su producción es altamente costosa para la naturaleza. Además de llevar nuestros termos a nuestros lugares de estudio o trabajo, también muchos acostumbramos a llevar nuestras comidas para evitar el gasto de comer afuera. Comprar comida en un local puede favorecer a la contaminación, porque muchos lugares han decidido servir sus alimentos en contenedores desechables: de cartón, plástico o, aun peor, de isopor.

Reutilizar los envases. Al comprar comida u otros bienes, muchos pensamos en la utilidad que le podamos dar al envase una vez que hayamos consumido su contenido. Creo que esta práctica de seleccionar productos pensando en su reutilización está bastante extendida en Paraguay. Esta decisión, muchas veces, es personal. Algunas personas tienden a usar contenedores de vidrio para almacenar comida (como frascos de mermelada); otras encuentran que los envases de plástico son útiles para guardar otras cosas, porque —a diferencia del vidrio— no se rompen tan fácilmente. Mi abuela, por ejemplo, es una maga para transformar objetos: “Voy a comprar estos chocolates —y no los otros— porque la caja me va a servir para hacerle un costurero a mi nieta” (costurero que me resulta muy útil, por cierto). Es importante rescatar el impacto ambiental positivo de esta práctica para que no se pierda, puesto que cada vez tenemos más opciones en el mercado.

Heredar o intercambiar ropa. Creo que no hay nadie en Paraguay que no haya heredado ropa de sus primos, hermanos, tías, vecinas, amigos. Este traspaso de prendas beneficia tanto al donante como al receptor. Los donantes hacemos lugar en nuestros roperos y los receptores evitamos hacer un gasto y, además, frenamos la producción de ropa y su posterior desecho. Esta práctica tan cotidiana en nuestra sociedad no es común en otros países. Hace poco leí que los estadounidenses utilizan una prenda de vestir un promedio de siete veces (solamente) antes de desecharla para comprar algo nuevo. Lamentablemente, sospecho que esta “necesidad” de comprar ropa nueva para no “repetir” está invadiendo nuestra cultura. No hace poco una amiga me comentaba que la llegada de la tienda Forever 21 a Asunción había sido una “bendición”. En la tienda multinacional se consigue ropa de moda que, por su bajo costo, tiene una vida útil corta, que cumple su objetivo: el de generar y satisfacer a la vez la necesidad de renovación constante del vestuario.

Comprar productos paraguayos. Como los productos locales suelen ser más baratos, comprar producción nacional beneficia a la economía de nuestra familia y a la de otras familias paraguayas. Esta práctica también favorece al medioambiente, puesto que cuanto mayor es la distancia que viaja un producto, mayor es la emisión de gases que produce su transportación.

Reciclar. En Asunción, la actividad del reciclaje la han asumido los gancheros de Cateura, que clasifican los residuos principalmente una vez que estos llegan al vertedero. Por muchas razones, esta no es la mejor manera de encarar el reciclaje en una ciudad. En el reciclaje organizado, otros países nos llevan ventaja. Tal vez, mientras proponemos otras soluciones, también podemos hacer que el trabajo de los gancheros sea menos insalubre, al separar nosotros mismos la basura en nuestras casas.

Seguir denunciando y exigiendo. Nuestro esfuerzo por respetar la naturaleza no estaría completo si como ciudadanos no denunciáramos los delitos ambientales y exigiéramos que nuestros gobiernos implementen y refuercen políticas de protección del medio. Tal vez este sea un buen momento para indagar cuáles son las propuestas del gobierno paraguayo para honrar el acuerdo de París. Con este fin, por ejemplo, tanto ciudadanos civiles como organizaciones han denunciado el terrible avance de la deforestación en Paraguay. Según un informe de Guyra Paraguay, sólo el año pasado, en el Chaco se deforestaron un promedio de 570 hectáreas por día. Si bien la situación genera impotencia, sólo si seguimos hablando del tema se podrá empezar a revertir el problema. No nos dejemos convencer de que denunciar y exigir es ver el vaso medio vacío.

Algo más que podemos mejorar. Así como nos gusta jactarnos de lo que hacemos bien, también es difícil asumir que lo que es costumbre y nos gusta tal vez no sea lo mejor para evitar el cambio climático. Es un hecho comprobado que comer menos carne (o no comerla) es una manera de reducir la emisión de gases que, en exceso, están dañando el planeta, puesto que la ganadería es una de las actividades humanas más perjudiciales para la capa de ozono. Muchos han dicho que boicotear la industria cárnica perjudica a los trabajadores que viven de ella. Sin embargo, los seres humanos no vamos a dejar de comer. Consumir otros alimentos en lugar de carne roja puede fomentar el crecimiento de otras empresas. No olvidemos que el argumento de Donald Trump para frenar el desarrollo de energías limpias es el perjuicio a los trabajadores del carbón y los combustibles fósiles. Pero el argumento es débil, puesto que los seres humanos no vamos a dejar de consumir energía. Utilizar otras fuentes de energía también genera trabajo.

Muchas veces me he preguntado cuál es el impacto real de lo que realizamos para mejorar el planeta. Aun si todos los habitantes del planeta hiciéramos un esfuerzo por reducir la cantidad de basura que producimos o si todos nos alimentáramos con productos locales y denunciáramos los delitos ambientales, ¿cuánto realmente frenaremos el cambio climático? La respuesta es sencilla: lograremos mucho más de lo que lograríamos si nadie hiciera ninguno de estos esfuerzos. Por eso, es importante que los paraguayos sigamos teniendo árboles frutales en nuestros patios, que llevemos nuestros termos a todas partes y que heredemos ropa de nuestros mayores. Además, no olvidemos que hay otro efecto positivo en el ejercicio de estas prácticas: la enseñanza de la responsabilidad ambiental a través del ejemplo. Pensar en la consecuencias ambientales de nuestras elecciones es una herencia que le dejaremos a nuestra descendencia. Así, el día de mañana, las personas que formemos serán líderes que tomen mejores decisiones que los de hoy.

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Para los incrédulos: sí tengo un costurero.

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