El ateísmo del fútbol y sus desafíos

Para Tati, con escepticismo

“El fútbol es la única religión que no tiene ateos”, dijo Eduardo Galeano, el escritor uruguayo que era –además– fanático del fútbol y futbolista frustrado (según él, como todos sus compatriotas). Pero que seamos invisibles a los ojos de los aficionados o que seamos una minoría no quiere decir que no existamos. Los ateos del fútbol estamos acá: vivimos bajo la omnipresencia de este deporte igual que sus feligreses, pero con los desafíos que implica ser escépticos en un mundo de fe.

Ser una minoría hace que a los ateos muchas veces nos tratan como creyentes. Tal vez la muestra más concreta sea la bendita pregunta “¿De qué equipo (o club o cuadro) sos (o eres)?” cuya respuesta –para muchos– dice más de una persona que su oficio, su estado civil o su ciudad natal. Tal vez por eso nada caiga peor al interlocutor que un “no tengo club” o un “no me interesa el fútbol”: es una privación de información crucial. Además, una respuesta hereje suele exigir algún tipo de justificación: “¿En tu familia a nadie le gusta?” “¿Nunca te llevaron a la cancha?” Y, de acuerdo a lo que contestemos, podemos terminar siendo el proyecto personal de un predicador.

Como la mayoría religiosa marca el calendario, los ateos nos vemos obligados a respetar los feriados litúrgicos. Si nuestros planes se truncan por un partido, la culpa es nuestra, porque somos nosotros quienes vivimos en una burbuja: “¿A quién se le ocurre poner un examen ese día? ¿En qué país vive?” Y si osamos quejarnos por el tráfico trancado en las cercanías de un estadio, nos contestan que eso nos pasa por desinformados. Los ateos tenemos que andar disculpándonos por ignorar quiénes juegan, qué día y a qué hora.

Como observadores externos, lo más llamativo de la devoción religiosa son los ritos de los fieles, de los que ocasionalmente somos partícipes directos. Como ejemplo, esta historia: Corría el año 2013 y el equipo del novio de una amiga atea avanzaba en un torneo internacional importante. Una tarde, antes de un partido, el novio fue a buscar algo a la casa de la novia y la novia le invitó un café. Esa noche, el equipo en cuestión ganó. El novio inmediatamente otorgó poderes mágicos a aquella merienda pre-partido. A partir de entonces, todas las tardes antes del encuentro futbolístico, el feligrés iría a visitar a su novia a las 4:30; ella le serviría café negro con dos cucharitas de azúcar en una taza blanca y negra; él se sentaría a su derecha y llevaría puesta una remera blanca y negra como la taza. Todo iba bien, hasta que, faltando apenas dos etapas para la conclusión del campeonato, la novia tuvo que viajar. El equipo del novio llegó a la final, pero perdió. Como tantas ateas, mi amiga fue presa de una cábala sinsentido y sospecha que, en secreto, su pareja le culpa por la trágica derrota… Para mi sorpresa, la atea y el creyente terminaron casándose. Evidentemente, el novio no era el único irracional.

Ahora bien, participar en los ritos, observar feriados y ser tratados como creyentes no son los mayores desafíos del ateísmo. Lo verdaderamente difícil es vivir en un mundo en el que cualquier tipo de cuestionamiento de la fe se interpreta como demostración de arrogancia. Mafia, violencia, discriminación, drogas: ¿podemos hablar de estos problemas en el seno del fútbol con los creyentes? Sí, pero no se puede esperar ninguna pizca de racionalidad. El feligrés siempre ve en su equipo la excepción: sus dirigentes no sobornan a los árbitros; sus jugadores no se hacen dóping; sus triunfos son siempre legítimos y sus derrotas, sospechosas; y sus hinchadas no son “tan” violentas: El fundamentalismo es de “los otros”. Quien diga que esto es una paradoja simplemente no siente la pasión. Quien no siente la pasión es un ser que busca diferenciarse para sentirse superior al resto. Aun si aguantamos el mote de arrogantes, da miedo pensar a dónde va a parar el mundo con tanta insensatez.

Ser ateos del fútbol en un mundo creyente tiene múltiples desafíos: Tenemos que andar dando explicaciones y tomando nota de cuándo y dónde se celebran los encuentros futbolísticos. De lo contrario, somos desubicados. Es nuestra obligación participar en ritos cabaleros. Si no, somos incomprensivos. Y, por sobre todo, es imprescindible para la paz mundial que aceptemos el fervor religioso de los demás sin cuestionamientos. Hacer preguntas es de arrogantes. Dicho esto, por favor, no nos malinterpreten: los ateos no pretendemos cambiar el mundo del fútbol ni a sus fanáticos. Sólo queremos que reconozcan nuestra existencia y acepten nuestro estilo de vida, protegido por el derecho a la libertad de religión: lograrlo sería un gol de media cancha.

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