La política paraguaya: el absurdo cotidiano

“Está difícil competir con la realidad”: con este enunciado, que también le sirve de título a su columna del domingo, Colmán Gutiérrez resume la sensación que experimentan los creadores de obras de ficción en esta era política. Así también, nosotros los espectadores nos preguntamos qué nos puede ofrecer una serie de televisión que no nos brinde la realidad cotidiana. En cuanto a drama, ¿qué historias podría presentar House of Cards —la serie sobre el arribo inescrupuloso de una pareja a la Casa Blanca— que impacten más que los escándalos del nuevo gobierno estadounidense? Y en cuanto a comedia, ¿qué ocurrencias escucharemos en Veep —una serie sobre una mujer política obsesiva y egocéntrica— que ya no hayamos oído de la boca de los representantes de cualquier Estado? En este sentido, los paraguayos no tenemos esperanza: las obras de ficción raramente nos sorprenden, porque en materia de escándalo y ocurrencias ya lo hemos visto todo; y ya ni la comedia ni la tragedia pueden aproximarse a la realidad. En estos últimos días, se hizo evidente que el único género que le hace justicia a la situación política actual es el del absurdo.

Últimamente, el sentimiento de una parte importante de la sociedad se asemeja a la experiencia de un personaje lúcido atrapado en una situación carente de todo sentido, trama típica de lo que se conoce como “ficción del absurdo”. Ante los sucesos políticos de los últimos meses, es difícil evitar los cuestionamientos existenciales: ¿esto es real o es un sueño? ¿cómo escapo de esta realidad? ¿cómo llegué acá en primer lugar? Sólo basta abrir el diario para obtener ejemplos de hechos que ponen a prueba nuestra razón. Por ejemplo, la tarde del 31 de marzo nos hizo pensar en la existencia de universos paralelos: al mismo tiempo que se quemaba el edificio del congreso, en otra parte de la ciudad se inauguraba la obra cumbre del gobierno: el superviaducto. Para completar la ironía, la lluvia que hubiera contenido el incendio llegó con meses de retraso y sólo sirvió para inundar la construcción vial recién inaugurada.

Claro está, cada quien experimenta la sensación de desconcierto de modo distinto y hay cuestiones que desorientan más a algunas personas que a otras. Confieso que el escándalo sobre el matrimonio igualitario iniciado por el delfín del presidente me resulta particularmente fantástico (en el sentido de “relativo a la fantasía”). En menos de veinticuatro horas, el elegido del primer mandatorio expresó que “estaría a favor” de legalizar la relación entre personas del mismo sexo, despertó la indignación de muchos y se retractó diciendo que sus declaraciones habían sido invento de la prensa. Si bien no hay nada extraño en que los políticos ajusten sus discursos a su conveniencia, lo que sucedió tras bambalinas entre aquella confesión “progresista” y su rápida revocación hace volar la imaginación de cualquiera. Dados los antecedentes, es muy probable que lo que imaginemos no esté lejos de la realidad. Si recordamos la promesa del presidente de pegarse un tiro en las bolas si su hijo fuera gay, ¿sería muy desatinado suponer que a su potable sucesor le obligara a rechazar el matrimonio igualitario apuntándole una pistola a los testículos? No, no lo sería, porque además, a partir de aquel desliz, la adulación del candidato al presidente fue in crescendo acelerado, llegando hasta una confesión espiritual: el partido político que representa le había dado sentido a su vida. Algunos dirán lo contrario, pero el factor dinero no es suficiente para explicar estas historias de pasión y misticismo: aquí claramente también interviene el absurdo. 

Como en cualquier obra de ficción, cuando el espectador cree que ya nada le va a desconcertar, la trama da un giro. En nuestra novela paraguaya, la candidatura a gobernador de un conocido disc-jockey —también elegido del actual presidente— fue la sorpresa de la semana. La reacción de la gente fue variada. Algunos se indignaron; otros dijimos con resignación: “¿cuán descabellada puede ser una candidatura cuando el contexto no tiene lógica?” Por un lado, entre los indignados se encuentra la famosa madre de un futbolista, quien calificó al nuevo candidato de jagua ry’ái (sudor de perro), bueno para nada, y cómplice de narcotraficantes. La célebre mujer habría hablado con conocimiento de causa, pues ella había sido candidata a diputada, con el mérito de haber amenazado a los chinos con la tortura china y de haber tratado de inútiles a su nuera y a cuanto dirigente futbolista se le cruzara por el camino. Por otro lado, a los resignados, el absurdo —una vez más— encontró la manera de sorprendernos. Ni bien se había anunciado extraoficialmente la candidatura del ya mencionado pinchadiscos, las burlas y chistes invadieron los medios. Una de las parodias más compartidas fue la de un famoso comediante paraguayo que personificaba al disc-jockey en su nuevo rol de candidato. Si bien este comediante puede no ser de nuestro agrado, quienes buscamos en la comedia algún tipo de respiro aplaudimos su intento por hacernos reír para no llorar. Este alivio, no obstante, duró poco. Unas horas después nos enteraríamos de que este humorista también se postularía a un cargo público. Esta proliferación de candidatos me remite a una historia de Julio Cortázar, en que como resultado de una peste de escritores, el mundo se colma de libros que —como todos se dedican a escribir— nadie lee. ¿Estaremos ante el principio de una era en que existirán más candidatos que votantes?

La inauguración del viaducto-acueducto, los cambios ideológicos exprés y las candidaturas improvisadas son apenas algunos de los desvaríos de la clase política que nos hacen sentir atrapados en una obra de ficción del absurdo. Este sentimiento es abrumador porque sabemos que este tipo de historias no suelen tener finales felices. Sin embargo, debemos recordar que la realidad supera a la ficción; los seres reales tenemos un poder que los personajes ficticios no tienen: el de la libertad de construir nuestra propia historia. No lo digo solamente yo, por ser optimista, lo dice también uno de los máximos representantes de la literatura del absurdo: “Aceptar lo absurdo de todo lo que nos rodea es una etapa: una experiencia necesaria, que no debe convertirse en callejón sin salida. Esta despierta una revuelta que puede ser fructífera” (Camus, 1970).

 

 

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