Mafalda siempre habló guaraní

La noticia recorrió el mundo: la querida Mafalda y los personajes de su entorno ahora se comunicarían también en guaraní, a sus más de cincuenta años de existencia y sus treinta lenguas adquiridas. El aplauso nacional e internacional no es para menos: son pocas las obras de renombre que se traducen a idiomas de raíces indígenas, cuyos hablantes muchas veces se ven forzados a aprender a leer en otras lenguas. Sin embargo, es importante que la celebración de Mafalda guaraníme no se realice bajo la falsa premisa de que una lengua es digna recién cuando se escribe. Olvidar que todos los idiomas, con o sin sistemas de escritura, son iguales entre sí puede llevarnos a renunciar a nuestras lenguas maternas por otras con mayor caudal de material impreso. Así, medir el valor de un sistema de comunicación por su número de obras escritas es un error que impacta negativamente en la comunidad guaraníhablante.

¿cómo leeríamos en guaraní si no hubiera nada para leer?

A pesar de no contar con la complejidad de la lengua hablada, la escritura tiene, sin duda, grandes ventajas, que muchos idiomas —incluido el guaraní—, han sabido aprovechar. La palabra escrita nos ha permitido explotar nuestra capacidad de documentar hechos, ordenar ideas, despertar la imaginación, viajar en el tiempo y en el espacio. Cuando se cuestiona la traducción o la redacción de obras en guaraní porque “nadie las va a leer” nos estamos olvidando de que la alfabetización es una herramienta a la que nos conviene tener acceso; además, ¿cómo leeríamos en guaraní si no hubiera nada para leer? Por supuesto, hay planteamientos al guaraní escrito que son sumamente importantes, como cuán sistemática es la ortografía utilizada o cuán práctico es el vocabulario empleado: estos son temas que merecen otro artículo. Ahora bien, cuando ignoramos que el lenguaje escrito está al servicio del lenguaje oral, las ventajas de la letra desaparecen.

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Historieta original de Quino. Traducción de María Gloria Pereira de Jacquet.

 

las lenguas no desaparecen necesariamente porque no se escriben, pero sí mueren porque no se hablan

Las lenguas no necesitan ser escritas para existir: esto lo sabemos muy bien en Paraguay, donde el guaraní goza de buena salud gracias a sus millones de hablantes, cuya mayoría no ha accedido a la alfabetización en dicha lengua. En este sentido, el guaraní no es un caso aislado: de los siete mil idiomas del mundo, se calcula que la mitad no tienen sistemas de escritura. En otras palabras, las lenguas no desaparecen necesariamente porque no se escriben, pero sí mueren porque no se hablan. Por ello, asumir que quien habla guaraní pero no lo escribe tiene un conocimiento lingüístico incompleto es un acto de menosprecio muy grave; pues la escritura es apenas un accesorio de la comunicación humana. Así, poner todos nuestros esfuerzos en escribir y leer en guaraní —olvidándonos de hablarlo— y darles más prestigio a quienes han desarrollado la lectoescritura en este idioma que a quienes “sólo” lo hablan contribuirá a la desaparición de la lengua.

si le regañamos a una guaraníhablante de diez años por no hablar el guaraní de Mafalda, estaremos poniendo en juego la existencia del idioma

En el aula, darle a la lengua escrita el foco principal puede traer problemas tanto para los hablantes de guaraní como lengua materna como para los de segunda lengua. Por un lado, cuando comenzamos el primer grado, nuestro conocimiento de nuestra(s) lengua(s) materna(s) se aprovecha para desarrollar las habilidades de leer y escribir. Sin embargo, eventualmente, la lengua escrita se vuelve la vara con la que se evalúa nuestra manera de hablar. Creemos que para “hablar bien” tenemos que usar el lenguaje de los textos que leemos, aun sabiendo que la comunicación escrita y la comunicación oral son modalidades absolutamente distintas. Concretamente, si le regañamos a una guaraníhablante de diez años por no hablar el guaraní de Mafalda, estaremos poniendo en juego la existencia del idioma, pues al estigmatizar a sus hablantes, amenazamos la lengua. Por otro lado, si el foco de la clase de guaraní como segunda lengua es el de aprender a leer y escribir mecánicamente (sin entender lo que leo), debemos preguntarnos de qué nos sirve, por ejemplo, conocer el sistema ortográfico si no podemos formar oraciones y tenemos un vocabulario limitado. De hecho, para evitar desviar la atención de lo esencial —la comunicación oral—, algunas comunidades cuyas lenguas están en peligro han prohibido o limitado la enseñanza de su idioma a través de la escritura. Por supuesto, tal vez esta solución no se aplique a nuestra realidad, pues la implementación de la lectoescritura en guaraní en las instituciones educativas ha sido un logro importante. Sin embargo, si esta enseñanza de la lengua escrita ha estigmatizado o puesto en segundo plano la lengua oral, habría que replantear el sistema lo antes posible. 

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Historieta original de Quino. Traducción por María Gloria Pereira de Jacquet.

El guaraní y el castellano son iguales en dignidad y en riqueza: esta igualdad la comparten todas las lenguas del mundo. Sin embargo, seguimos pensando que el guaraní sólo se equiparará en estatus con el castellano cuando cuente con miles de volúmenes escritos. Esto no es así: la igualdad siempre estuvo ahí, sólo falta que la veamos y la aceptemos. Por eso, no celebremos la traducción de Mafalda como un paso hacia la dignificación del guaraní, porque esta dignidad el idioma y sus hablantes ya la tienen, siempre la tuvieron. Festejemos a Mafalda guaranime recordando que la lengua escrita está al servicio de la lengua oral y que los guaraníhablantes —lean y escriban en guaraní o no— son quienes mantendrán vivo el idioma. Y, principalmente, valoremos a las mafaldas que siempre hablaron guaraní, en especial a las que se convierten en madres y trasmiten el idioma a nuevas mafaldas, desafiando todo prejuicio y esperando que se reconozca —algún día— la igualdad de las lenguas.

 

 

 

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