El día que mi abuela me dijo boluda

Un día se cansó y empezó a llamarnos a mí y a mis primas boluda. En el almuerzo del sábado expresó una serie de “Ey, boluda, pasame la sal”, “¿Qué te sirvo, boluda?” y, por supuesto, mis primas y yo nos escandalizamos. “Abu, ¡no nos podes llamar así!” reclamamos; a lo que ella contestó: “¿No se dicen boluda de cariño acaso? Yo escucho que cuando hablan con sus amigas se llaman así, entonces desde ahora yo también”. Hacía años que nos venía diciendo que tratar a alguien querido de boludo era una contradicción: para ella esa palabra era —y lo sigue siendo— un insulto. El episodio de aquel mediodía había sido su manera de demostrarnos que sí era feo usar ese término con los amigos. Yo aprendí la lección: nunca más les traté de boluda a mis amigas delante de mi abuela, porque lo que para mí es un vocativo amigable, para ella siempre sería un insulto. Así, de todos los términos que tenemos para denotar amistad en Paraguay (che ra’a, ami, hermana, bro, kapé), sólo usamos los que son parte de nuestra identidad y los que cumplen nuestra intención.

Por supuesto, ninguna de mis amigas de mi generación se espantaría si le dijera “Boluda, me quedé sin saldo”; sin embargo, la reacción no sería la misma si reemplazara boluda por querida o mi cuate o bro. Estas otras palabras, aparentemente sinónimas, están reservadas a otros grupos sociales: querida, a señoras mayores; mi cuate y bro, a hombres jóvenes. Claro está, también existe una diferencia entre mi cuate y bro. Este último, mucho más reciente, es usado por un grupo socioeconómico con más acceso al idioma inglés, que da origen al término. Con mis amigas, podría sí reemplazar el boluda por un che ra’a o, si quiero ser específica con el género, con un che ra’áta. Sin embargo, las posibilidades son bien limitadas si no quiero generar algún tipo de reacción burlona o de rechazo. No podría, por ejemplo, usar compí o man sin causar extrañeza, porque soy muy joven para el primero y muy vieja para el segundo y, además, soy mujer. Nuestro vocabulario está mucho más atado a nuestra identidad de lo que imaginamos: elegimos las palabras que usamos de acuerdo a nuestra edad, género, lugar de origen, entre otros. Así también, del vocabulario de una persona extraemos sus datos sociales. Al escuchar a alguien decir ami imaginamos a una persona distinta que al oír mi socio.

La prueba de que las palabras que usamos para llamar a nuestras amistades tienen significados sociales está en el sentimiento que me genera que mi abuela me diga boluda. El término no solo no va con su edad sino que tampoco encaja en nuestra relación de abuela-nieta: hay incongruencia en la información que recibo. Como hablantes, a veces decimos palabras que normalmente no usaríamos para lograr un objetivo, como el de evitar que tus nietas usen la palabra boluda. Hace poco volví a percibir esta extrañeza cuando vi el corto publicitario de una cerveza paraguaya en el que un personaje proponía celebrar el día de la amistad como “San Kapé”. Informalmente pregunté a un grupo de personas cómo percibían el uso de este término, kapé, en el personaje. La mayoría me dijo que le parecía forzado: La manera de hablar y vestir del hombre del comercial les indicaba que se trataba de un joven urbano de la élite socioeconómica asuncena y, como tal, no era corriente que utilizara kapé para llamar a sus amigos. Otras personas me dijeron que kapé se usa cada vez más en todos los niveles sociales. No puedo corroborar esta última afirmación, pero el fenómeno no me resulta extraño: en muchas sociedades, los términos generados por una comunidad se vuelven de uso corriente cuando los adoptan las élites socioeconómicas. Si bien ahora el uso de ami, amiwis, kapé, arma, tío en ciertos sectores sociales todavía genera risa o confusión —por la incongruencia— tal vez en pocos años se vuelvan “neutros” entre los jóvenes, como che ra’a o boludo.

Al usar cualquier término para llamar a nuestras amistades, ya sea en guaraní o castellano o ambos, estamos poniendo en uso un sinnúmero de reglas gramaticales y sociales de las que no somos conscientes muchas veces. Sabemos, por ejemplo, que loperro no es el plural de el perro y tampoco es los más perros. “Vengan, loperro” funciona, pero “Vení, el perro”, no. “Que coman en casa estos perros” es muy distinto a “Que coman en casa loperro”. Incluso, la versión las perras para llamar a un grupo de amigas todas mujeres sigue sonando un poco extraño, tal vez por la connotación negativa que tiene perra y de la que carece perro. Similar a loperro es chamigo, pues ambos vienen de unión de un determinante (los y che) y un sustantivo (perros y amigo) que ahora son inseparables (no diríamos, por ejemplo, “¿Qué te pasa, che amigo?”). Además de tener incorporados estos conocimientos de gramática, entendemos en qué contextos sociales podemos usar estas expresiones y en cuáles no. Si un empleado recién llegado a una oficina utiliza loperro para llamar a sus nuevos compañeros tal vez peque de atrevido. Así también, intuimos cuál expresión queda mejor dentro de una oración. Por ejemplo, para muchos paraguayos “Qué linda tu camisa, chamigo” no suena igual de natural que “Qué linda tu camisa, che ra’a”. Esto se debe a que utilizamos el chamigo o chamiga mucho más a menudo cuando expresamos una frustración o un reproche que cuando hacemos un cumplido. Con un “Dale pues, chamigo” expreso, de manera amigable, mi frustración de que no estés haciendo lo que tenés que hacer.

El día que mi abuela me dijo boluda, me di cuenta de que el lenguaje tan complejo como fascinante. Las palabras no solamente se refieren a objetos y propiedades o personas, sino que también tienen significados sociales. Man y cuate son formas de llamar a un amigo, pero tienes significados sociales distintos. Claramente, como hablantes de una lengua, tenemos incorporados todos estos conocimientos y hacemos uso de ellos todos los días, muchas veces sin darnos cuenta. La amplia gama de términos que usamos para llamar a gente amiga es prueba de esta complejidad y, en este sentido, creo que estos términos son como las amistades: cuanto más tengamos, más interesante es nuestro paso por el mundo.

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