El valle de los prejuicios

A casi un mes del inicio de la marcha campesina en Asunción, muchas personas han notado que el debate sobre el subsidio a los pequeños productores agrícolas ha dado rienda suelta al prejuicio y la intolerancia de ciertos citadinos hacia los ciudadanos del campo. Algunos periodistas han hablado incluso del enfrentamiento de dos países: el Paraguay de la capital y el Paraguay del campo (Colmán Gutiérrez), que ha generado casi una xenofobia entre conciudadanos (Ruiz Díaz). Esta actitud de desprecio se puso aun más en evidencia cuando desde el propio gobierno se utilizó el término “cavernícolas” para aludir a quienes participan en la marcha. Si bien las manifestaciones verbales de los últimos días han mostrado explícitamente el clasismo de muchos paraguayos, este rechazo a lo rural y a las comunidades menos favorecidas está implícito en el lenguaje cotidiano. ¿No usamos acaso expresiones como “valle” o “muerto de hambre” como insultos?

En Paraguay, tal vez la expresión que denota con más fuerza la creencia de que lo urbano es superior a lo rural es el calificativo valle. Valle, como nombre, es sinónimo de pueblo: un lugar pequeño, opuesto a la ciudad; pero como calificativo, es equivalente a vulgar: alguien valle es alguien poco refinado o algo valle es algo de mal gusto. Que valle signifique tanto ‘pueblo’ como ‘vulgar’ no es coincidencia: es reflejo directo de los rasgos que mucha gente asocia al campo: la ignorancia y la simpleza. Desafortunadamente, este prejuicio no solo se ve en Paraguay. En otros países también es común que palabras relativas al campo se utilicen como sinónimas de mala educación. En Colombia, por ejemplo, a quien se comporta sin modales se le puede decir que “no sea campeche” (campeche, de campo) o se le puede insultar diciéndole “¡boyaco!” (boyaco, oriundo de la zona rural de Boyacá). En México, el equivalente a valle es naco, término que se origina como abreviatura de totonaco, nombre de un grupo indígena del México rural.

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Valle, como sinónimo de “mal gusto”.

Así también, existen muchas expresiones despectivas para referirse a quien carece de privilegios económicos o sociales, como muerto de hambre o seco. Estas también se utilizan como insultos hacia quienes, para criterio de algunos, se comportan como “pobres”, pero no lo son. Por ejemplo: “Tu celular es de secos”, se suelen decir como burla algunos adolescentes. Así, el alto grado peyorativo que tienen algunos términos relacionados a la pobreza es una muestra de que la necesidad económica se ve con desprecio antes que con ojos solidarios. Es más, incluso se utilizan términos despectivos, como pila o vairo, para referirse a quienes, aun sin ser de escasos recursos, tienen algún tipo de origen humilde. El primer término, pila, se origina presuntamente de pata pila, la abreviatura con que los soldados bolivianos se referían a los soldados paraguayos, que eran demasiado pobres para comprar zapatos. También en Brasil se utiliza el pie descalzo como símbolo de la pobreza: pé-rapado (‘pie raspado’) es una manera ofensiva de referirse a alguien muy pobre.

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Pila: pobre y vulgar.

Las palabras que usamos como insultos, tanto en nuestros círculos de confianza como en público, dejan entrever los valores que tenemos como sociedad. Por un lado, pobre, campesino, nena, marica, negro, indio se usan como sinónimos de ‘maleducado’ o ‘cobarde’: características que rechazamos en las personas. Por otro lado, la asociación de rasgos negativos a las palabras rico, urbano, nene, heterosexual, blanco o europeo es mucho menos común. El usar como agresión términos de base racial, sexual o cultural es tan cotidiano que a veces es muy difícil ver que al decir “qué valle”, por ejemplo, estamos reafirmando —tal vez inconscientemente— que la ciudad es mejor que el campo. Así, con muchas de nuestras expresiones cotidianas denotamos que el rico es mejor que el pobre, que ser hombre es mejor que ser mujer, que el blanco es superior al negro, que ser heterosexual es mejor que ser homosexual, o que el europeo es superior al indio o indígena.

Es iluso pensar que dejar de asociar palabras relativas a lo rural o a la pobreza con la mala educación acabará con el prejuicio y la intolerancia. Sin embargo, reflexionar sobre los mensajes subliminales de nuestras agresiones puede ser el punto de partida para el desarrollo de la empatía y la solidaridad. Ahora bien, si con nuestras expresiones cotidianas seguimos tratando —consciente o inconscientemente— de inferiores a las personas del campo o de escasos recursos, las posibilidades de entendimiento entre “los dos Paraguay: el rural y el urbano” serán casi nulas y, como ya lo previeron, prevalecerá la xenofobia. Viviremos siempre en el valle de los prejuicios.

 

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