La palabra más difícil

En estos últimos meses, los titulares “X pide disculpas por casos de abuso sexual” han abundado en las noticias. Estos pedidos, a su vez, han generado la indignación de muchas personas, que han denunciado la falsedad de las palabras de los acosadores. Si bien estos pedidos de disculpas son públicos y masivos, todas las personas hemos experimentado en mayor o menor medida decepciones de los disculpames de los demás. Claro está, cualquier insatisfacción implica la existencia de expectativas que no se cumplen, ¿cualés son estas en el caso de los pedidos de disculpas?

Entre quienes estudian el lenguaje de las interacciones del día a día, parece haber un consenso sobre lo que esperamos en un pedido de disculpas: 1. el verbo disculpar o un equivalente; 2. la aceptación de la culpa; 3. una explicación o justificación; 4. un ofrecimiento de compensación; y 5. una promesa de no repetición de la ofensa. Cabe recordar que estos estudios no inventan estos patrones de interacción, sino que ponen en palabras el conocimiento compartido, muchas veces inconsciente, de los miembros de una comunidad. 

Según algunos análisis, de las cinco partes de un pedido de disculpas, sólo las dos primeras son fundamentales; las demás sólo son necesarias en algunos contextos, que varían de acuerdo a la gravedad de la ofensa y la distancia social entre las personas involucradas. Por supuesto, el idioma y la cultura juegan un rol fundamental en la determinación de qué se considera aceptable y qué no. Por ejemplo, en algunas sociedades se espera una explicación (parte 3) más larga que en otras.

Así, lo insatisfactorio de un pedido de disculpas puede ser el resultado de alguno de los siguientes escenarios:

1. No utilizar la palabra Disculpame o algún equivalente, como perdoname, lo siento, lo lamento. Así como cuando decimos gracias o te agradezco, agradecemos; cuando pedimos disculpas no solo estamos diciendo algo sino que estamos haciendo algo con las palabras. Pedir disculpas es negociar nuestra absolución con la persona que ofendimos; es un acto de humildad, pues damos a alguien más un permiso y un poder para tomar una decisión sobre nuestra conducta. Hace unos días, el comediante estadounidense Louis C. K. dio mucho que hablar con el escrito en que admitía haber abusado a las mujeres que lo habían acusado: en ninguna línea utilizó la frase ‘pido disculpas’; simplemente se limitó a decir ‘me arrepiento’, que no es lo mismo. La sustitución del perdoname con frases como me apena que, lamento que, me arrepiento de suele interpretarse como una resistencia del ofensor a disculparse y, en consecuencia, como un acto de arrogancia.

2. Echarle la culpa al ofendido. Si bien es cierto que uno no siempre lastima con intención, está convenido socialmente que cualquier ofensa exige un pedido de disculpas (al menos si se busca absolución). Oraciones como Disculpame si te ofendí o, peor, Disculpame pero sos un poco exagerada pueden crisparle los nervios a cualquiera, pero ¿por qué? Porque el ofensor no solo no está admitiendo su culpa, sino que se la está transfiriendo al ofendido: “como no fue mi intención, es tu culpa si te ofendiste”. La imposibilidad de admitir un error puede indicar la falta de empatía del ofensor o la ausencia de valores compartidos entre ofensor y ofendido.

3. Desviar la atención o el propósito. Algunas situaciones no requieren una explicación del por qué de la ofensa (“no aclares, que oscurece”), pero en otras, unas palabras pueden ser clave para la absolución de quien ofende. Esta parte de la negociación es sumamente delicada, ¿cómo se explica, por ejemplo, el haber acosado sexualmente a una persona? Muchos de los recientemente acusados de estos crímenes han recurrido a estrategias como “tengo un problema”, “no sabía lo que estaba haciendo”. Al famoso actor Kevin Spacey, por ejemplo, le pareció oportuno declarar públicamente su homosexualidad en medio de las acusaciones. Si bien no ofreció dicha información como excusa de su conducta, el público identificó la estrategia: el ofensor busca la compasión de los demás al hacerse pasar por víctima. En ofensas menos graves también se ven estos intentos de manipulación: yo también me siento mal, todo el mundo se equivoca, me carcome la culpa.

4. No ofrecer una reparación por el daño. Proponer una manera de compensar el error refuerza la aceptación de la culpa y el reconocimiento de que se está en falta con el otro. Según los análisis de los pedidos de disculpas, el ofrecimiento de reparación es necesario sólo en algunos contextos. Por supuesto, algunas personas son más hábiles para reconocer estos contextos que otras. En los casos de abuso sexual, los acusados han anunciado públicamente que buscarán ayuda profesional como reparación parcial al daño causado, pero esto probablemente no lleve al perdón.

5. Rehusarse a prometer que no se repetirá el error. Para algunas ofensas, este es un requisito fundamental para conseguir el perdón. Muchas veces, es la persona ofendida quien nos lo exige explícitamente. En esos casos, rehusarse a hacer la promesa probablemente prevenga la obtención de la absolución.

No podemos leer la mente de las personas, pero podemos acercarnos a sus pensamientos a través de sus palabras. En este esfuerzo por interpretar al otro, habrá inevitablemente errores: los seres humanos también somos buenos para el engaño. Así, que un pedido de disculpas reúna los requisitos citados arriba no es garantía de que exista sinceridad: ¿fue por mera formalidad? ¿fue espontáneo o fruto de una exigencia externa? El pedido de disculpas, la negociación de la absolución, es sin duda una muestra de la complejidad de la interacción humana. Afortunadamente, para estos casos, el lenguaje está a nuestro servicio.

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Artículo de referencia: Olshtain, E. (1989) “Apologies across Languages” [“Pedidos de Disculpas en Distintas Lenguas”], en S. Blum-Kulka, J. House and G. Kasper (eds) Cross-cultural Pragmatics: Requests and Apologies [Pragmática Intercultural: Pedidos y Pedidos de Disculpas], pp. 155–73. Norwood, NJ: Ablex

Imagen: Banco de imágenes 123rf

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