Con nuestros hijos ya se metieron

A nuestros hijos les dicen que para ser hombres tienen que ser agresivos, insensibles, soberbios. Les regalan armas, les impiden llorar, les enseñan que para “defender su honor” tienen que insultar y pelear.

A nuestros hijos les dicen que limpiar y lavar no es para ellos: para eso están la mamá, la hermana, la abuela, la tía o la empleada. No les dejan bailar, tejer, jugar con muñecas o a la cocinita: que no se diga que hacen cosas de mujeres: las conductas asociadas a lo femenino son una vergüenza. “No seas nena”.

A nuestros hijos les convencen de que su valor se mide en número de conquistas, y de que hay conquistas que valen más que otras. Una mujer fea, vieja, gorda, plana vale mucho menos que una linda, joven, flaca, cuerona. ¿Un hombre? No. Un hombre que quiere a otro hombre está enfermo: hay que apartarlo de la sociedad; para muchos, no merece vivir.

A nuestros hijos les hacen creer que si sus parejas generan más ingresos que ellos, son unos fracasados; que no tener a una mujer atada económicamente a ellos es una deshonra. Una mujer independiente es un peligro: puede irse y hacerlos quedar como inútiles ante los demás.

A nuestros hijos les dicen que están en su derecho de piropear a quienes quieran en la calle; que si las mujeres se enojan es porque no están entendiendo el mensaje. También les aseguran que tocar “cariñosamente” a una empleada, alumna o paciente, hacerle un comentario sobre su cuerpo o insistir en salir con ella son actos inofensivos: así son —y siempre serán— los hombres. Nadie les puede pedir que vayan en contra de sus instintos.

A nuestros hijos les demuestran que si violan o asesinan a una mujer, la ley los juzgará de acuerdo a su estatus socioeconómico, y no a la gravedad de su crimen. La sociedad estará tan ocupada hablando de la víctima que terminará por olvidar que son ellos los responsables de tanto sufrimiento.

A nuestros hijos les dicen que si quieren ser buenos padres, deben enseñarles a sus niños a defenderse con agresividad de cualquier ataque a su hombría, y a mostrar rechazo por toda actividad o sentimiento considerados femeninos.

A nuestros hijos y a sus hijos les siguen inculcando actitudes que llevan a la violencia contra la mujer. Y a nosotras las madres nos hacen extremadamente difícil la tarea de educar a hijos pacíficos, respestuosos y libres.

Con nuestros hijos ya se metieron.

Basta.

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