Religión, discriminación y pikivóley

La resolución de la Municipalidad de Ybycuí que prohíbe jugar pikivóley este viernes santo es tan tirada de los pelos que causa gracia. La estupidez humana no sólo es fuente de humor, sino que a veces esta solo se puede sobrellevar sanamente con la risa. En la ridiculización, sin embargo, a veces se pierde la gravedad de los asuntos. Lo de Ybycuí es claramente rídiculo, pero también es ilegal, discriminatorio y representativo de un estado que está muy lejos de garantizar la libertad de religión.

Que el estado no garantice la libertad de religión es grave, en primer lugar, porque va en contra de la constitución nacional. Si esta garantía no se cumple —y a nadie le importa que se cumpla—, ¿qué se puede esperar de las demás garantías? Si hago la vista gorda acá, puedo hacer la vista gorda allá, total, lo que dicen las leyes es mera teoría que no se aplica en la práctica. Sin embargo, sin ánimos de disculpar el incumplimiento de este derecho, ¿está claro para la ciudadanía y para el gobierno cómo se garantiza la libertad de religión y por qué es importante?

Altares a vírgenes en oficinas públicas, estudiantes rezando el padre nuestro durante la formación en escuelas públicas, numerosos feriados católicos… La ubicuidad de estas costumbres nos dice que es problable que la práctica de la libertad de religión en Paraguay o se malinterpreta o se ignora. Quizás algunas personas dirán que ser libre religiosamente implica que la religiosidad se puede expresar y que, entonces, no tiene nada de malo que en las instituciones públicas haya imágenes religiosas o que el gobierno promueva ciertas prácticas de devoción. Sin embargo, para que el individuo pueda ejercer su libertad de culto, el estado debe ser laico. Un estado que promueve una religión (a través de imágenes, rezos y resoluciones) está privilegiando a quienes practican dicha religión y discriminando a quienes no. En otras palabras, está diciendo: “esta religión es mejor que esta otra”, en lugar de garantizar la igualdad.

Así como el estado no puede dictar a la ciudadanía en qué debe creer y en qué no, tampoco puede tomar decisiones sobre qué prácticas hacen que una persona sea un buen miembro de su comunidad religiosa. Que el estado le diga a un cristiano qué debe hacer y qué no un viernes santo atenta contra los propios cristianos: la conciencia religiosa es una cuestión personal, o entre el religioso y su comunidad, no una imposición de un gobierno supuestamente laico. Aún peor, que tanto creyentes como no creyentes tengan que regir su comportamiento por un precepto religioso apoyado oficialmente por el estado es absolutamente inadmisible.

Un estado que privilegia una religión tanto sobre otras como sobre la irreligiosidad no puede garantizar la libertad de culto. Un estado que distingue entre “buenos” creyentes y “malos” creyentes no entiende su rol como promotor de la igualdad de las personas. Un estado que no respeta ni hace respetar sus propias leyes se burla de su propia existencia. Por eso, ojalá este viernes 30 de marzo se celebre la libertad de religión en Paraguay con un partido de pikivóley.

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