Trabajo “en grupo”: la carga de las estudiantes

Era uno de los últimos años de secundaria. Estaba en la casa de un compañero haciendo un “trabajo práctico grupal” quién sabe sobre qué tema o para qué materia. Me había tocado un grupo en que era la única mujer. Mientras yo escribía al teclado, mis compañeros aportaban ideas. Hasta que llegó el hermano mayor de uno de ellos y dijo “Vamos a la marcha”. Sin amagar, se fueron todos. Yo me quedé escribiendo, no porque no apoyara la causa ni porque me urgiera terminar el trabajo, sino porque en ese entonces mis salidas eran bastante restringidas. Pensaba trabajar hasta que pasaran a buscarme, pero en un momento dado, la dueña de casa entró al escritorio, se sentó a mi lado y me dijo: “No porque seas mujer tenés que hacer todo el trabajo”. No sé qué le contesté, pero cuando se fue, sus palabras siguieron zumbando en mis oídos.

Quince años después, pienso en mis años de colegio y veo que la asimetría en la división del trabajo en equipo era una constante: éramos las mujeres las que hacíamos la mayor parte del trabajo. Y a pesar de que esto era una especie de secreto a voces, no solamente casi siempre recibíamos la misma nota que nuestros pares varones, sino que una y otra vez nos ponían en grupos que, estaba cantado, serían disfuncionales. Así, el trabajo en grupo parecía tratarse mucho más de darle al mal alumno la oportunidad de pasar la clase con poco esfuerzo que de incentivar un verdadero esfuerzo colaborativo. Por desgracia, esta experiencia no es solo mía, ni de mi generación, ni de mi país, sino de muchas mujeres de distintas edades y nacionalidades. Sin embargo, no solo hay muy pocos estudios sobre la distribución desproporcionada del trabajo en grupos mixtos en contextos escolares, sino que tampoco pareciera haber esfuerzos por solucionar este problema, que afecta principalmente a mujeres jóvenes.

Digo “principalmente” porque sí, hay buenos alumnos y hay malas alumnas y en casi todo grupo hay una o varias personas que trabajan más para compensar la falta de cooperación de los demás miembros. Sin embargo, hay estudios* que muestran que las mujeres faltan menos a las clases, tienen mejores promedios y, cuando de trabajo en grupo se trata, son más dedicadas que los hombres y tienden a subsanar el bajo rendimiento de los otros. Esta diferencia de actitudes hacia lo académico se ha atribuido a la presión social entre pares: Mientras que para las chicas ser buenas alumnas no implica sacrificar su pertenencia al grupo; para los varones, un alto rendimiento académico es objeto de ridiculización, porque se opone a la actitud “rebelde” que se espera de los hombres. En otras palabras, socialmente, un bajo desempeño académico afecta más a una mujer que a un hombre. Como me dijeron una vez unas alumnas: “es que en la mujer no queda bien tener malas notas”.

Para quien haya tenido experiencia en una institución escolar —ya sea como docente, estudiante, madre o padre— nada de esto le puede resultar extraño o tirado de los pelos: las mujeres son, en general, más “aplicadas”. Que esto sea de público conocimiento hace que sea aun más grave que, al momento de planificar y evaluar los trabajos en grupos mixtos, no se tengan en cuenta los reclamos de las alumnas ni haya consecuencias negativas para quienes no hacen su parte. En el colegio, cuando nos quejábamos de la pereza de nuestros compañeros, la mayoría de los profesores, tanto hombres como mujeres, nos decían que lidiar con los otros miembros era “parte del aprendizaje”. Muchos años después, todavía sigo sin saber qué se suponía que teníamos que aprender: ¿técnicas para obligar a trabajar al otro? ¿métodos para tolerar estoicamente la haraganería ajena?

Por supuesto, dejar que cada grupo resuelva sus conflictos no es necesariamente una mala estrategia pedagógica, pero no dar a sus miembros las herramientas para resolverlos (sobre todo cuando los problemas son casi siempre los mismos) es sencillamente cruel. Así también, hacer la vista gorda ante la desproporción de la distribución del trabajo y evaluar a todos por igual es un acto de injusticia. A veces, aunque se vocalice la iniquidad, sigue faltando una acción. Por ejemplo, hasta ahora me pregunto si mi compañero sufrió alguna consecuencia por dejarme haciendo el trabajo en su casa mientras él se unía a una marcha. ¿Le dijo algo su mamá o el discurso fue solo para mí? La inacción de las autoridades, académicas y familiares, no es solo sumamente frustrante, sino que da un mensaje desalentador a las estudiantes y, cuando la frustración supera la motivación, aprender es imposible.

Entonces, ¿debemos eliminar el trabajo en grupo de las instituciones educativas? Creo que no. Después de todo, aprender a trabajar en equipo es una habilidad necesaria para la vida. Sin embargo, la mala implementación de las actividades colaborativas genera un efecto contraproducente: mucha frustración, nada de aprendizaje. Desatender las diferencias de género y de rendimiento entre los miembros del grupo, dejar que los conflictos se arreglen a los tumbos y sin supervisión, y evaluar al grupo sin tener en cuenta el aporte individual son recetas para el fracaso. Por el contrario, escuchar los reclamos de las estudiantes y valorar sus experiencias puede ser el primer paso para convertir el trabajo en grupo en una oportunidad para el aprendizaje.

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* Algunas referencias (tengo los pdfs por si a alguien le interese)

Gammie, Elizabeth, and Morag Matson. 2007. “Group Assessment at Final Degree Level: An Evaluation.” Accounting Education 16 (2): 185–206.

Takeda, Sachiko, and Fabian Homberg. 2014. “The Effects of Gender on Group Work Process and Achievement: An Analysis through Self- and Peer-Assessment.” British Educational Research Journal 40 (2): 373–96.

Warrington, M, M Younger, and J Williams. 2000. “Student Attitudes, Image and the Gender Gap.” British Educational Research Journal 26 (3): 393–407.

Woodfield, Ruth, Donna Jessop, and Lesley McMillan. 2006. “Gender Differences in Undergraduate Attendance Rates.” Studies in Higher Education 31 (1): 1–22.

 

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