La madre de todas las lecciones

Estábamos en un lugar público grande y buscábamos algo, probablemente el baño. Perdidas, por el camino nos topamos con un teléfono (era en la época en que todavía había cabinas telefónicas por todas partes). “Mirá”, me dijo mi mamá, apuntando un minúsculo cartel azul con letras blancas apenas unos centímetros sobre la cabina. El cartel decía “Teléfono”. Agregó: “Por eso no encontramos el baño”. Al ver mi cara de intriga, explicó: “¿Necesitás ese cartel para saber que acá está el teléfono? No. ¿Ese cartel te ayuda a encontrar lo que buscás? No. Eso pasa cuando no te ponés en el lugar de la otra persona al planear algo.

Antes de esa conversación, siempre había creído que mi mamá dibujaba: a veces logotipos, a veces carteles, a veces casas; y que diseñar era eso: unir líneas para crear figuras y darles color. Claramente, durante las horas que había pasado en su oficina, el “ya-me-quiero-ir-estoy-aburrida” había nublado mi atención. Sin embargo, el episodio del cartel sobre el teléfono había despertado mi curiosidad y, con el tiempo, descubrí que el trabajo de mi mamá era, principalmente, ponerse en el lugar de los demás: pensar desde la perspectiva del otro.

Pero aquel descubrimiento no hizo más que llevarme a otra incógnita: ¿cómo lograba mi mamá entrar en la mente de otras personas? Después de todo, ese ejercicio era —al contrario de sus “dibujos”— invisible. Estaba, otra vez, equivocada. La respuesta estaba ante mis ojos: gran parte del día, mi mamá se dedicaba a conversar con la gente, a escuchar. No solo hablaba con sus clientes para saber qué buscaban en un logo, sino también verificaba que otras personas pudieran entender el mensaje. Pronto, esa oficina se convirtió en un laboratorio de aprendizaje, en el que empecé a valorar la importancia de entender las experiencias de otras personas.

Aunque no soy arquitecta ni diseñadora gráfica, la lección de mi mamá me persigue en cada actividad que hago. Cuando escribo, por ejemplo, pienso en la audiencia (quién va a leer el texto, qué sabe, qué experiencias tiene). Cuando planeo una clase, me pongo en el lugar de los estudiantes: qué van a aprender y cómo. Cuando analizo la manera de hablar de alguien, me pregunto cuál fue su intención, dónde estaba y con quién. Y, si bien mi preparación profesional me dio las herramientas para entender perspectivas parecidas o distintas a la mía, fue mi mamá quien empezó mi entrenamiento: pensar como piensa ella es la madre de todas mis lecciones.

Hoy, el aprendizaje que empezó en la cabina telefónica no solo continúa sino que también trasciende el ámbito profesional. De hecho, ese día, cuando salíamos de aquel lugar público, mi mamá me pidió que mantuviera la puerta abierta para una persona de cuya presencia no me había percatado. “Nos estamos solas”, me dijo, “no te gustaría que te cerraran la puerta en la cara, ¿verdad?” Y entendí que mirar el mundo desde otros ojos es solo una parte de la historia, que a partir de ahí, queda el actuar. Puedo entender al otro para enriquecer sus habilidades y para facilitar su vida, pero también para lastimarlo y manipularlo. Por supuesto, mi mamá me enseñó que entender a los demás viene con la responsabilidad de hacer el bien, pero esa parte de la lección es más complicada. Tengo la suerte, sin embargo, de que si necesito aclarar dudas, ella va a estar ahí, en su oficina.

2 Comments

  1. Preciosa lección, ponerse en el lugar del prójimo.
    Un beso grande a tu mamá, a tu abueta y a vos Josefina…tres generaciones de madres que tuve el gusto de conocer

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